Última actualización : 2 de noviembre de 2009.
Por interculturalidad entendemos la interacción entre culturas, de una forma respetuosa, horizontal y sinérgica, donde ningún grupo cultural está por encima del otro, favoreciendo en todo momento la integración y convivencia de ambas partes. De esta forma en las relaciones interculturales se establece una relación basada en el respeto a la diversidad y el enriquecimiento mutuo, para ello promovemos el encuentro entre autócton@s y personas de origen extranjero.
En este sentido, no se debe utilizar el discurso multicultural para el rechazo –de hecho– de una ciudadanía inclusiva. Es decir, el respeto a lo diferente no debe conducir a la práctica marginadora, en base al discurso que podríamos denominar como de “las consecuencias indeseables pero inevitables de la diferencia”. Discurso consistente en decir que, por supuesto, se respeta el que sean distintos; que por otro lado nadie les obliga a ser como nosotros; que son ellos los que quieren ser distintos; y que como eso es así, pues es natural que no compartan con nosotros nuestros derechos provenientes de nuestro estado nacional. La falacia del discurso es evidente. Esos “nosotros” tienen determinados derechos porque viven en un determinado territorio en el que ejerce su poder un determinado Estado. Esos derechos están ligados a ese territorio y a los que en el viven o sobreviven, y no a una u otra forma de vida, de cultura, que exista en ese territorio. Y esos derechos, que configuran esa ciudadanía son los derechos llamados humanos, aquellos derechos conectados a la condición humana; algo que existe por encima de culturas e identidades, por muy “eternas” que las mismas parezcan.
Cuando una parte significativa de la población residente no disfruta de la ciudadanía, existe una situación de discriminación. Cuando la ciudadanía es realmente un privilegio, la residencia y la no ciudadanía tienen un coste real. Por tanto, los países basados en una ideología de cierto nivel de igualdad, se convierten en desiguales y, al hacer cumplir la ley para excluir a algunos del derecho a residencia legal, las sociedades se ven forzadas a ejercer una presión contra personas cuyo único crimen es el de estar en un lugar determinado. Esta situación es contradictoria e insostenible. Por ello nuestro objetivo no sólo es propiciar el encuentro, las relaciones y el respeto entre culturas, sino que también trabajamos en fortalecer las capacidades de las comunidades de origen migrante para favorecer su visibilidad y participación ciudadana, a la vez que su empoderamiento como sujeto político en pro de la conquista de sus derechos.
De esta forma venimos desarrollando diferentes proyectos de desarrollo local a lo largo de los últimos diez años en la Comunidad de Madrid, fundamentalmente en el municipio de la capital en el distrito de Arganzuela, siempre con el propósito de desarrollar iniciativas concretas para contribuir a mejorar las condiciones de vida de las sectores de población que sufren riesgo de exclusión social. Superar los perjuicios y conductas xenófobos, racistas y de discriminación social, religiosa, cultural y de cualquier otra índole, sobre todo en la juventud y la niñez de nuestro país, para crear mejores condiciones para la integración armoniosa entre los pueblos.